La red invisible que teje la lectura
27 01 2007
Esta mañana me ha ocurrido una de esas cosas que me gustan. Puede resultar cotidiana, pero es agradable encontrarse con pequeñas sorpresas. Os explico:
Hace 16 o 17 años, solía ir mucho con mi amigo Juan Carlos, era una de las primeras personas que conocí cuando volví a Cartagena a los 20 años, él era un compañero de clase de mi prima, y sus padres y mis tíos eran amigos. Durante unos años solíamos salir en la misma pandilla, pero nos unía algo más que el grupo de amigos porque a los dos nos gustaba mucho leer, nos pasabamos muchos ratos hablando de literatura, y también de cine. El día que cumplí 21 años, me regaló una edición preciosa de las cuatro sonatas de Valle Inclán, forrada en piel roja y con letras doradas grabadas en su lomo, también tengo un par de libros de Torrente Ballester que me regaló en otra ocasión. Él es gallego, así que siempre me regalaba literatura gallega, estoy segura de que yo también le regalé libros, pero ahora no recuerdo cuales.
Como suele pasar muchas veces, la vida te lleva por muchos caminos, y no siempre son comunes. Yo me fuí a Murcia, él a Valencia, y aunque a veces quedábamos, poco a poco perdimos el contacto. La última vez que le ví fué en la boda de mi hermana hace 7 años.
Pero esta mañana, he ido a la Biblioteca Regional a dar el taller de padres, como llovía pues han venido muy pocos, y entre ellos un abuelo que ha estado muy atento, al final de la sesión me ha hecho preguntas sobre cuentos y modos de contar. Y luego me ha preguntado por mis apellidos; le he dicho: ¿Es que me conoce?, y me ha respondido: “No, no eres tú, pensaba que eras una amiga de mi hijo que se llama Clara. ¿Cómo se llama su hijo?. Se llama Juan Carlos, pero no lo conocerás. Si, claro que lo conozco, yo soy Caía*, y me confunde con mi prima Clara.”
Me he puesto muy contenta porque el señor con acento de fuera de Murcia que escuchaba atento la charla sobre la importancia de contar cuentos a los niños, es el padre de Juan Carlos. Así que nos hemos puesto al día. Y ahora, cuando he llegado a casa, he buscado los libros que Juancar me regaló y he releido las dedicatorias.
Me gusta pensar que hace años, fue la lectura y la literatura la que nos unió y ahora de nuevo los libros en cierto modo, nos vuelven a unir.
*Aclaración: Hay bastantes personas que me conocen por Caía. Llamarse Clara María y tener varias hermanas y primos pequeños que todavía no saben hablar, dá como resultado fonético Caía, que abreviado es Cai.
Temas : Biblioteca Regional, Casualidades, Familias y lectura, Contar cuentos
“Eran las ocho de la mañana cuando puse el pie en la calle, las ocho de la mañana del 11 de septiembre del 2001; justo cuarenta y seis minutos antes de que el primer avión se estrellara contra la torre norte del World Trade Center. Solo dos horas después, la humareda de tres mil cuerpos carbonizados se desplazaría hacia Brooklyn, precipitándose sobre nosotros en una nube blanca de cenizas y muerte.
“Podía esperar un día. Ni uno más. De modo que, la mañana del 11 de septiembre, una mañana fría y de mucho viento, se encaminó a la comisaría tras una noche que había dejado huella de la primera helada. Se probó el uniforme y firmó la retirada del resto de su equipo. Después, estuvo hablando durante una hora con Martinson, que le entregó su primera hoja de servicio. Tenía libre el resto del día, pero no quería pasarlo sola, de modo que se quedó en la comisaría.
