Me recuerdo paseando hasta CajaMurcia, me recuerdo sentada en el salón de actos de la obra social de esa entidad, esperando a que Luis Landero comenzara a hablar. Me recuerdo pensando que nunca había leído nada de este autor, y que no conocía nada de su obra, solo que era un escritor español, con mucho prestigio, que publicaba en Tusquets. Pero no me recordaba abriendo ningún libro suyo dispuesta a leerlo.
Recuerdo que la conferencia empezó, y a medida que Landero iba hablando, yo me emocionaba más y más. Sentía que sus palabras iban dirigidas a mi, me encontraba sola entre el público, porque no existíamos nada más que Landero y yo, el resto sobraba, ese señor había pasado por mi corazón, conocía mis pensamientos sobre la vida, la lectura, la escritura, las personas y la relación con los libros. Ponía palabras a las cosas que yo intuía, pero que nunca había expresado, cosas que yo sabía, pero no sabía que las sabía. Era maravilloso escucharlo, hubiera pagado lo que me pidieran con tal de que no terminara nunca.
Cuando acabó de hablar, una azafata pasó entre el publico con un micrófono por si alguien quería preguntarle algo. Yo estaba extasiada y solo hubiera sido capaz de gritarle “Landero, te quiero”. La gente hizo cola para que le firmara libros y yo me puse en la fila, cuando llegó mi turno, le dije, “No he leido nada suyo, pero ahora mismo me pongo a ello. Gracias, muchas gracias, me ha gustado mucho”.
Al salir vi que el Corte Inglés estaba abierto, así que me compré “El mágico aprendiz”.
Llegué a casa y sin cenar me dispuse a leerlo, y…. ¿Dónde estaba Landero?, no lo encontré en su novela. No estaba ese señor que había visto una hora antes. ¿Dónde estaban sus palabras?. No podía ser. Deje el libro, cené y me dormí.
Al día siguiente por la tarde volví a intentarlo. Otra vez igual. No estaba lo que yo buscaba. Así que dejé el libro en semillero durante una o dos semanas. Pasó un mes y sentí que estaba evitando encontrarme con el libro, y en un arrebato de orgullo, me dije, no puede ser, o ahora o nunca… Duré tres páginas. Lo cerré y esta vez lo dejé en la estantería, en la zona de arriba, donde solo llego subiéndome en una banqueta, la zona de los castigados. Lo intenté pasado un tiempo con “Caballeros de fortuna”… y con “Juegos de la edad tardía”…. pero era igual, no podía.
Landero me engañó, me embaucó como hacían esos vendedores de crecepelo del lejano oeste, me hizo creer en su escritura a través de sus palabras, de sus pensamientos. Me enamoró y me sedujo para luego abandonarme en un páramo lleno de palabras suyas, pero no eran las que yo quería oir, eran palabras desconocidas, extrañas. No eran para mí. Llegué a pensar que yo no había estado nunca allí, que me había inventado la conferencia de un Landero conferenciante que no existía. Incluso, llegué a dudar de mi propia existencia en esos momentos.
TRES AÑOS MAS TARDE
Un día Joaquín llegó a casa con una bolsa de Diego Marín, y me dijo: “He encontrado al Landero que llevas buscando todos estos años”. Le dije: “¿Estás seguro?”.
Y me dió el libro: “Entre lineas: el cuento o la vida” se titulaba. A diferencia otras novelas, esta era más breve. La dejé en la mesa y no la abrí hasta el sábado, comencé a leer con pereza.
Efectivamente. Joaquín tenía razón. Era él. Había vuelto, recordaba esa manera de expresarse, la misma que yo buscaba en sus novelas y no encontraba. Me sentí igual que tres años antes en la conferencia. El libro me duró una hora y media, se me hizo corto, como cuando escuché a su autor por vez primera. Al finalizar el libro en las últimas páginas encontré un guiño de complicidad. En una especie de epílogo, Landero dice que el libro fué gestado a partir de las notas que preparó para una conferencia que dió en una caja de ahorros. Así que me quedé más tranquila, porque yo estuve allí, escuchándole, y esa parte de mi existencia tan intensa, esa experiencia cuasi orgásmica, escuchando sus palabras, fué real y no inventada.
Así que mi miedo a tener alguna enfermedad psicologico-lectora, en la que el sintoma principal sea que al encontrar un libro que puede con nosotros, nos inventemos una historia ficticia para justificar el no haber sido capaces de terminarlo, ha desaparecido.
Pero continúo sin poder leerlo. Porque allí, en mi mesilla de noche, yace desde hace años “El guitarrista”.