En mayo volví a Henning Mankell, no deja de sorprenderme agradablemente. Los atisbos de un Mankell extraño que creí entrever en alguno de sus libros policiacos de Wallander, comienzan a tener sentido conforme avanzo en mis lecturas.
Y me provoca una extraña sensación de querer saber más sobre el nuevo Mankell, pero a la vez añoro al detective, su eterno idilio con Laila y el conflicto generacional con su hija. Sé que no habrá más series detectivescas, y deseo con todas mis fuerzas que continúe haciendo lo que hace para luego escribir sobre ello.
“Moriré, pero mi memoria sobrevivirá” es el último ejemplar del autor, se trata de un ensayo sobre el SIDA en África, es duro y desgarrador, pero irradia fuerza y belleza. La belleza arrebatada a las personas infectadas de sida en el continente africano, y la fuerza con la que éstas se enfrentan a la muerte, a la orfandad de sus hijos y la dignidad con la que viven sus últimos días.
Los “libros recuerdos”, son unos cuadernos que la ONG en la que Mankell colabora activamente, entrega a las personas enfermas de SIDA, en ellos deben escribir sus recuerdos, sus impresiones, su pasado, quienes fueron sus antepasados, que esperan del mundo y todo lo que crean que pueden enseñar a sus hijos, que serán demasiado pequeños cuando sus padres mueran. Esos libros es lo único que pueden heredar los niños huerfanos del SIDA. No todos saben escribir, así que la mayor parte de los libros de recuerdos contienen dibujos, flores secas, trozos de tela, que los niños deberán interpretar como herencias afectivas. Son incunables de pasado y de futuro que la Comisión Sudafricana de la Verdad y la Reconciliación, se encarga de entregar a los enfermos, hacer el seguimiento y custodiar hasta que los niños son mayores. Como dice Mankell: “Contar la historia de una persona ayuda a que cicatricen las heridas de otras.”
“La verdad sobre el sida forma parte, naturalmente, de una verdad más vasta sobre como es hoy el mundo. En otras palabras, sobre cómo permitimos que sea.”
“… conseguir que los padres tengan la oprtunidad de compartir su historia y la de su familia, y de proporcionarles a los hijos consejos personales y firmes ante el futuro. Los libros de recuerdos pretenden que los padres portadores preparen con delicadeza a sus hijos para que acepten su muerte. Los padres hablan de sí mismos y escriben sus recuerdos de sus hijos y de sus propios padres. Hablan de sus alegrías, de las tradiciones, de su manera de vivir y de asuntos de tipo práctico, como el trabajo de la tierra o en la cocina. Como todo buen padre, animan y dan a sus hijos consejos sensatos. Les hablan de lo que esperan de ellos.
Mientras trabajan con el libro, los padres tienen la posilibilidad de referirse a la enfermedad que los está destrozando. De este modo, los inician en el periodo de luto, en ese que conduce hacia la despedida inevitable, llena de dolor y lágrimas. Las investigaciones muestran que los hijos de padres portadores del VIH superan la separación mucho mejor si reciben información y si tienen la oportunidad de hablar, reflexionar y llorar a sus padres mientras aún están con vida…”
Un libro que nos desanestesia de la occidentalidad con la que vivimos nuestras vidas en el hemisferio norte.