Este fin de semana he releído un libro que leí hace algún tiempo. La primera vez que lo hice, fue desde la distancia con respecto al autor, aunque lo conocía personalmente no éramos amigos. Ahora lo conozco mucho más y decidí volver a leerlo, aunque no soy de las que releen, he encontrado cosas que no ví la primera vez.
El libro es “Fusiones, confusiones e infusiones” de Jose Luis Saorín, es la historia de un ejecutivo de un gran grupo editorial metido de cabeza en una trama de intereses comerciales frente a los intereses literarios del sector. Es entretenido y retrata muy bien el mundo editorial por dentro, sobre todo la parte de las convenciones anuales.
Me quedo con una frase del protagonista con la que me identifico y a la que creo que le voy a sacar mucho partido: “Yo sabía que el mundo estaba cambiando, pero pensaba que la literatura era la escogida para permanecer como siempre”
Del algún modo, esa frase resume algo a lo que le llevo dando vueltas desde hace tiempo. El proceso básico del libro en el que un autor lo escribe, una editorial lo comercializa y un lector lo lee no ha cambiado, símplemente se ha rodeado de marketing y de envoltorios más o menos atractivos, de tournés de autores dando conferencias y firmando ejemplares, de presentaciones y lanzamientos en fechas clave y otros caramelitos comerciales. Pero la ecuación es la misma:
autor+editorial+lector= lectura
La dificultad viene cuando las editoriales deciden cuales son los libros que sobreviven y los que mueren, aunque ellos culpan al mercado o al consumidor, pero en masa no tenemos tanto poder, ni tanto criterio. Los lectores a la hora de decidir que libros se mantienen o que libros se descatalogan, somos una estadística y como tal, respondemos a los estímulos comerciales. La estadística es perversa, poque analiza lo que se vende, pero se vende lo que ellos quieren que se venda, así que la primera y la última decisión la tienen los grandes grupos.
La estadística de hábitos de lectura en España se encarga de hacerla el Gremio de Editores, es una información últil, completa y ante todo aséptica. Pero yo trabajo con lectores de todo tipo, edad y condición y nunca veo reflejados a las personas con las que estoy todos los días, en esas cifras y estadísticas. En el momento en el que el lector se convierte en persona y deja de ser una cifra o un dato, la balanza se inclina y el abanico de lecturas posibles se amplía.
El lector-estadístico se convierte en lector-persona cuando tiene informacion sobre sí mismo como lector y no como destinatario de operaciones de marketing, entonces comienza a decidir que libros lee.
La mayor parte de los lectores-persona se convierten en mediadores de lectura. Los mediadores de lecturas son las personas que recomiendan libros, hablan de ellos, los regalan y crean una serie de vínculos afectivos con objetos-libros. Ya sea profesional o voluntario. Todo lector con criterio propio es mediador de lectura, normalmente esa figura se suele dar en maestros y bibliotecarios, pero todos los lectores de edades comprendidas entre 3 y 123 años son mediadores de lectura.
Cuando hablo de lector con criterio, no hablo de un criterio académico, me refiero a los lectores que conocen los libros que les gustan y eligen sus lecturas.
Factores que influyen en la eleccion de un libro:
- Disponiblidad de tiempo para leer
- Estado de ánimo
- En dónde estamos
- Tamaño del libro
- Quién nos lo regala
- Qué nos dicen cuando nos entregan el libro
- El autor
- La portada
Así que tal y como dice JL Saorín, tal vez “la literatura sea la elegida para permanecer como siempre“, pero los que estamos en este oficio debemos aprender a acercar el libro a las personas y revestirlo de la humanidad que ha ido perdiendo con el marketing y los grandes grupos.
Sólo así los lectores se vincularán a los libros, porque el libro fue y debería continuar siendo un objeto afectivo. Los libros que perduran en las personas deberían perdurar en las estanterías de las librerías y en las bibliotecas.