Cómo escribía en el post anterior, me resulta mucho más fácil hablar de los libros que no me han gustado, por eso me cuesta tanto escribir sobre “El corazón helado”, porque el libro consiguió que durante su lectura, todo lo que ocurría a mi alrededor me importara un comino.
Me lo llevé ya empezado a mi viaje a NY, para las 8 horas de avión de ida y las 8 de vuelta. No lo pude leer en el avión, ni tampoco durante la estancia en Manhattan, pero los últimos días estuvimos en los montes Adirondaks, una reserva india al norte del estado, cerca de Albany. El científico pacífico tenía tres días de congreso de científicos y ahí fué donde devoré las casi mil páginas, o tal vez fueron ellas las que me devoraron a mí.
Nada de lo que ocurría fuera del libro era interesante, ni salir por el lago en canoa, ni los bosques, ni los pueblos de los alrededores me atraían. Las comidas en la cabaña principal las veía como tiempo robado para la lectura y las horas de sueño perdido no eran importantes. Me sentaba en un tronco que había en la entrada de nuestra cabaña y leía hasta que los huesos se me congelaban, por la noche encendía la luz para continuar, aunque eso significara que todos los mosquitos de los lagos vinieran a picarme. Incluso, una tarde sentada al lado de la ventana, apareció un ciervo justo al lado de dónde estaba, lo miré con indiferencia a través del cristal y seguí leyendo, porque el ciervo era ficción, el lugar dónde yo estaba físicamente era inventado, era como una película que nada tenía que ver conmigo, los Adirondaks los podía ver cuando quisiera en “El último mohicano” y los ciervos en el zoo.
Toda mi familia pensaba que yo andaba de vacaciones, paseando por la zona de los grandes lagos. Pero en realidad del 26 al 29 de agosto de 2008, estuve en 1939, o en París, o en el Madrid que resistió hasta el final, o en el puerto de Alicante, o con la división azul, o con aquellas personas que tuvieron que cambiar de vida porque no se fueron de España y se quedaron viviendo una vida que no era la suya, o con aquellas personas que se fueron y vivieron una vida que no les correspondía.
Pero esos días confusos entre 2008 y 1937 o 38 o 39 o 40 o 41, también estuve en la cárcel nueva de San Antón, “Tuvimos suerte porque la acababan de terminar” decía la abuela, “Si no, hubiera sido mucho peor”.También viví con las putas de Molinete que robaban a los clientes y pasaban temporaditas con las presas políticas, comí lentejas y piedras en platos desportillados, aprendí a conocer los pasos de las carceleras, y los ruidos del día y de la noche, me inmunicé a las picaduras de pulgas y chiches, odié a una mujer a la que no hablé nunca más, sentí los bombardeos e intenté adivinar dónde habían caído, aprendí a no escuchar las noticias que nos traían los milicianos, revisité fotos antiguas guardadas en mi memoria, aprendí a secarme sin toalla, aprendí a vivir del aire y aprendí a no dejar de aprender, aunque no quisiera saber nada.
Ni vencedores ni vencidos, todos fuimos perdedores, nada volvió a ser como antes, y nada fué restituido.
Si supierais la cantidad de preguntas sin respuesta que asomaron a mi cabeza durante mi estancia en el corazón helado…
La foto es del penal de San Antón de Cartagena, he reconocido el suelo en damero, igual que en aquella otra foto.